A Coruña 2021. Campeonato de España de Marcha Nórdica individual y de Selecciones Autonómicas

«Cuando caerse es inevitable, levantarse es obligación» (John Rahm, golfista profesional)

(Texto por Oscar; Collage fotográfico por Sorkunde)

Me pongo a escribir con el ánimo de transmitir una vivencia más allá de una prueba deportiva de primer nivel. Ojalá logre despertar en alguien más el deseo de acudir a las próximas y compartir algo más que una competición, con sus marcas, récords y esas cosas que os traen al fresco a la mayoría más sensata.

La prueba se celebraba en domingo por la mañana. El día de llegada a la ciudad era el viernes, que dio justo para instalarse y comprobar que no faltaba nadie por llegar.

La experiencia en verdad da comienzo el sábado a primera hora, momento escogido por todos los equipos para revisar el recorrido a acometer el día siguiente, examinar las dificultades del terreno y concretar estrategias de carrera, ésas que luego siempre pasa algo y no se cumplen, pero bueno, a quién le importa ésto.

Fue estupendo volver a encontrar a competidores, árbitros, delegados, etc., que hacía más de año y medio que no veíamos, comprobar cómo les había ido y disfrutar de ese ambiente cercano y cordial por mucha rivalidad que pudiera haber al día siguiente. Cada cual, al igual que nosotros mismos, en disposición a dar lo mejor al día siguiente.

No menos gratificante fue el conocer a gente nueva en el circuito, algunos de los cuales ya son para nosotros parte de esta familia, con un especial agradecimiento a Tomás, de la selección gallega, que se desvivió para hacernos todo más fácil. Si lees esto, muchas gracias de parte de todo el equipo, majete.

Lo que hacía esta prueba verdaderamente singular era el hecho de desarrollarse bajo una pandemia aún por controlar y la necesidad de protocolos muy estrictos. A todos los competidores se nos hizo una prueba covid, que afortunadamente no dio positivo en ningún caso, porque de haberlo dado, el protocolo a aplicar hubiera sido otro y quién sabe qué hubiera sido de la prueba.

El día anterior a la prueba se acostumbra a dar una charla técnica en la que el equipo de árbitros concreta las particularidades del recorrido y sobre todo recuerda, para que no haya duda, las acciones sancionables que el Reglamento dispone. Otra singularidad impuesta por el protocolo fue el desarrollo vía videoconferencia de dicha charla (briefing que la llamamos a veces) que siempre había sido presencial.

A esa charla asistimos Santiago y yo como competidores, a través de un portátil en una apacible terraza coruñesa al aire libre en la que yo me quedé helado y no por el contenido de la charla, sino por alguna pérfida corriente de aire que me sorprendió en plena concentración mientras escuchaba y tomaba buena nota mental de lo que no debía hacer al día siguiente.

Así de indispuesto, opté por una retirada precipitada en busca del sueño reparador, mientras el resto del equipo daba cuenta de un pulpillo que pasaba por allí.

Al día siguiente y plenamente restablecido, tras los rituales y manías pre-prueba de cada uno, nos encaminamos Santiago y yo hacia el circuito con antelación suficiente. Nos serviría de calentamiento el maravilloso paseo al borde del Atlántico que nos llevaría sin pérdida a la Torre de Hércules, cuya protección como conjunto monumental exigía que nuestros bastones llevasen enfundadas las puntas con los pads o tacos.

A las 9:45 comienzan a dar, de minuto en minuto, la salida secuenciada en seis grupos en que habíamos sido previamente encasillados. Los tiempos de salida y de paso los marcaría un chip de proximidad que cada uno llevábamos abrochado a la zapatilla.

Tras unos 600 metros, todos para arriba, justo al comienzo de la cuesta abajo desde la Torre, me debía estar esperando mi indisposición del día anterior, o quizá una pariente cercana, el caso es que me notaba como fuera de mí mismo, esa sensación de qué hago y como he llegado yo aquí.

Me empiezan a caer tarjetas (amonestaciones por falta técnica) de un árbitro tras otro, no agarras, no pasas codo, otra vez que no agarras, y yo me veía incapaz de poner remedio a semejante carnicería, mi cerebro debía haber ido a saludar a Breogán y me había dejado hecho una lombriz con bastones.

Y venga, y pumba, y pumba. A la altura del puesto de avituallamiento debía llevar quizá 5 tarjetas, un horror jamás antes experimentado. Si eso fuese así, sin cubrir siquiera 3 kilómetros de los 14 totales, era la muerte caracolera. 

Con peores sensaciones a cada paso que daba llegué al primer paso por meta y como producto de un automatismo me encaminé fuera de la pista y allí acabó mi participación. Resulta que, si en vez de abandonar donde lo hice, sigo unos metros más me hubiera encontrado con el stop & go (cajón de penitencia donde se retiene al competidor que ha cometido faltas técnicas) y en lugar de retenerme me hubieran descalificado porque, sí, eran 5.

Menos mal que Santiago sí estuvo a la altura y, aunque puede hacerlo aún mejor, voló bajo a razón de unos 7 minutos y 23 segundos cada uno de los 14 Kilómetros, aúpa campeón.

Así que ahora yo lo que ya tengo es prisa por quitarme esta espina de mi maltratado orgullo de walker y nada mejor para ello que acudir a la próxima prueba donde volver a disfrutar del ambiente y de la familia del Nordic Walking, cuya calidad deportiva y sobre todo, humana, justifica el ir a Coruña y más lejos aún.

Mucho Nordic.

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